Lo último que supe de Torcuato es que había sido abuelo. Me llamó Isabel para decírmelo.
- La niña es igualita igualita que Torcuatín cuando nació- me contó que había dicho la abuela, madre de Isabel y Torcuatín, cuando fue a conocer a su nietecita al Hospital.
Lo mismo había dicho mi suegra cuando vio a mi hijo por primera vez.
Qué bonito era mi bebé. “Qué feo es” fue la frase que soltó su padre cuando le vio recién nacido pero ya limpio.
Torcuatín era un chico majete, muy pacífico y precusor de la generación nini (ni estudian ni trabajan). Su padre soñaba con que ingresara en el ejército y que dejara de “hacer el nada”, pero el chico no era muy partidario. Tenía una melena hasta la cintura, era muy amable y con mucho sentido del humor. Y todo iba bien hasta que se echó una novia peluquera que le chupaba la sangre (según Torcuato); lo cierto es que siempre estaban encerrados en el dormitorio de Torcuatín. Hasta que un buen día, Adu metepatas, en la comida (ese día habían salido del dormitorio a comer) dijo:
- Encarna, estás engordando mucho, deberías cuidarte.
Encarna y Torcuatín se quedaron notablemente incómodos y al cabo de unos meses nació Encarnita, pero yo ya estaba lejos, con otras preocupaciones y otras historias.
Cuando la próxima paternidad de Torcuatín empezó a ser evidente ante su propia conciencia, se olvidó del nini y empezó a trabajar colocando placas de escayola. Ahora, con la tremenda crisis del sector, muchas veces me pregunto qué suerte habrán corrido.
Torcuato insistía para que su hijo ingresara en el ejército. Imaginaba a su hijo militar en el Servicio de Inteligencia, posiblemente, tal como él en su juventud. ¡Terca ambición la de los padres de que sus hijos sigan sus pasos, culpable de tantas frustraciones! O simplemente, el padre veía en las fuerzas armadas un puesto de trabajo seguro para su hijo para toda la vida.
Mi hijo, unos pocos años menor que Isabel y Torcuatín, encajaba muy bien con ellos y con Torcuato se llevaba estupendamente. Mi noviete siempre “tuvo mano” con los chavales. Por un tiempo, más corto que largo, tuve esa brizna de esperanza de tener familia propia: comidas en grupo, desayunos y cenas cada uno a su bola, sofá de flores y discusiones por la tele. Aunque el sofá fuera liso o a cuadros, pero tener ese grupo cómplice que llaman “familia”. Pronto esa brisa se desvaneció, y comprendí que el azar no quería ese destino para mí.
Podría haber seguido buscando pero estaba rendida. A veces solo quien no busca encuentra, dijo Picasso, creo. Poco después, ya ni quería vivir en familia. Escogí el camino de la soledad que a veces se clava como un cuchillo afilado pero que permite también la absoluta libertad.
SEGUNDO BLOG DE ADU. Comenzó sin un propósito fijo salvo el de dar continuidad al hábito de escribir y se convirtió en algo de gran valor testimonial: Progresiva decadencia, MENINGIOMA, operación y recuperación.
miércoles, 20 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Mi novio Torcuato, otra batallita.
Tuve un novio curioso. Llamémosle Torcuato. Lo conocí hacia 1998, en la estación de autobuses (¡qué romántico, por dios!) de Valladolid. Creo. De lo que estoy segura es de que él acababa de salir de la cárcel, según me contó. Me impresionó que lo dijera con esa naturalidad, como quien dice “acabo de salir de paseo”.
Después de haber convivido unos trece años con una lija, yo tenía muy claro qué necesitaba de un hombre, por este orden:
1º) Que fuera cariñoso
2º) Que colaborara en las tareas domésticas y
3º) Que NO le gustara el fútbol.
Lógicamente el orden de preferencia y las premisas varían a lo largo del tiempo, pero en ese momento era así y Torcuato las cumplía perfectamente, como poco a poco se fue demostrando.
Como anécdota, al poco tiempo de conocernos, me regaló un bote de cristal con setas en conserva. “Recogidas, limpias, cocinadas y enlatadas al vacío por mí mismo”, me dijo. Las probé con mucha aprensión pero, como puede deducirse, no me pasó nada. Mmmmm… igual acabo de dar con el origen del misterioso meningioma, se me ocurre. Mira que soy gansa.
La explicación que él daba a su paseo por la cárcel –yo no insistía- era “por deudas”. Haciendo alarde de mi tolerancia lo pasé por alto. Hasta el mejor escribano echa un borrón, me decía.
Torcuato se mostraba muy atento, bondadoso, admirador (¡la admiración, componente básico del amor!) Yo me dejaba querer.
Una vez finalizada nuestra relación, al cabo de unos meses recibí un msm desde un fijo (lo que ya era raro entonces) que decía algo así como:
“Por mucho tiempo que pase, te seguiré adorando porque sé que eres la mujer de mi vida” o algo así. No iba firmado pero supuse que era él, era su estilo, sin duda. Llamé al teléfono que remitía y no logré comunicar. Pudo ser una equivocación. Todo un poco su-realista. Torcuato era muy habilidoso para las cuestiones informáticas y pudo ser también un truco para que no lo localizara. Vaya usted a saber.
Le planté de la noche a la mañana, aunque seguramente fui tejiendo mi desamor a medida que iba conociendo sus detalles oscuros. Había sido guerrillero de Cristo Rey y espía de Franco. Ambas cosas me las contó él mismo y se avergonzaba de este su original pasado. Seguí haciendo gala de mi tolerancia; al fin y al cabo no afectaba a “lo nuestro”. Como espía, infiltrado en la Facultad vigilando estudiantes revoltosos, logró el título de Licenciado en Derecho. Lo de “ser abogado” nunca me lo creí del todo.
De su experiencia como espía contaba anécdotas tan originales como él. Un día me quedé fuera de casa y sin llaves (me suele pasar cinco o seis veces al año). Entonces, ese día, Torcuato, con una habilidad digna de 007, abrió la cerradura con una tarjeta. Me dejó boquiabierta.
Otra vez, me llamó su hija, a la que llamaremos Isabel. Una chica estupenda, de unos veinte años, y ella bien sabía su valor. Me llamó Isabel para preguntarme si sabía dónde andaba su padre pues les habían embargado la casita que tenían en un pueblo cercano a la capital y había sido precintada la cerradura por la Policía. En ese momento algo hizo ¡clinck! dentro de mí. En esa casita había dejado yo depositado un lavavajillas carísimo. Cuando le pregunté a Torcuato, me respondió:
- Ningún problema. Cuando quieras, vamos allí, hablamos con el juez y sacamos tu lavavajillas.
Por descontado, no fuimos, no hablamos con el juez, perdí el lavaplatos. No deja aún de sorprenderme su candidez. Tal vez la cándida soy yo. En cualquier caso, lo fui. Pero lo pasado, pasado.
A menudo me pregunto qué habrá sido de él. Porque, según voy tirando del hilo, lo que finalmente me decidió a dejarle fue cuando me contó Isabel que su padre aún tenía varios juicios pendientes (por deudas ¿?!!), y también añadió: “mi padre, como padre el mejor, pero como marido o novio… un horror, por eso le dejó mi madre”.
La gota que hizo que me decidiera a dar el paso final fue una mentira suya. Le pillé en una tontería. Tal vez fue una mentirijilla sin más, pero yo ya no me fíaba. Y sobre todo, quizá lo más importante, aunque para mí nunca lo ha sido mucho (el sexo, importante) es que no “me ponía”, si es que “me puso” alguna vez. Recogí lo poco que tenía en su casa (un par de zapatillas, unos sobre-platos, poca cosa) y me largué sin ninguna explicación. Tampoco me la pidió. Isabel me abrió la puerta y asistió condescendiente abrazada a su perrita Luna. Como si fuera mi cómplice. Como pensando: “te comprendo, yo me quedo porque soy su hija y no tengo dónde ir”. Acto seguido, cambié todos mis pins, mis contraseñas de correo, mis accesos electrónicos, anulé todas mis tarjetas, todo… Y todo en veinticuatro o cuarenta y ocho horas.
Jamás me pidió dinero, jamás me hizo una picia. Estoy segura de que me quiso. Qué habrá sido de él, me pregunto a veces.
**************************************
En este mundo que hemos hecho uno se puede pasar todo el día de gestiones, llamando por teléfono, poniendo faxes, haciendo cuentas, enviando e-mails. La gotera, el juanete de la suegra o nuestra propia incapacidad hace que cada vez sea todo más complicado.
Aún estando "de baja" no me cunde el tiempo, parece increible pero es cierto: cada vez crece más la montaña de cosas por hacer. Y así todos y cada uno.
Después de haber convivido unos trece años con una lija, yo tenía muy claro qué necesitaba de un hombre, por este orden:
1º) Que fuera cariñoso
2º) Que colaborara en las tareas domésticas y
3º) Que NO le gustara el fútbol.
Lógicamente el orden de preferencia y las premisas varían a lo largo del tiempo, pero en ese momento era así y Torcuato las cumplía perfectamente, como poco a poco se fue demostrando.
Como anécdota, al poco tiempo de conocernos, me regaló un bote de cristal con setas en conserva. “Recogidas, limpias, cocinadas y enlatadas al vacío por mí mismo”, me dijo. Las probé con mucha aprensión pero, como puede deducirse, no me pasó nada. Mmmmm… igual acabo de dar con el origen del misterioso meningioma, se me ocurre. Mira que soy gansa.
La explicación que él daba a su paseo por la cárcel –yo no insistía- era “por deudas”. Haciendo alarde de mi tolerancia lo pasé por alto. Hasta el mejor escribano echa un borrón, me decía.
Torcuato se mostraba muy atento, bondadoso, admirador (¡la admiración, componente básico del amor!) Yo me dejaba querer.
Una vez finalizada nuestra relación, al cabo de unos meses recibí un msm desde un fijo (lo que ya era raro entonces) que decía algo así como:
“Por mucho tiempo que pase, te seguiré adorando porque sé que eres la mujer de mi vida” o algo así. No iba firmado pero supuse que era él, era su estilo, sin duda. Llamé al teléfono que remitía y no logré comunicar. Pudo ser una equivocación. Todo un poco su-realista. Torcuato era muy habilidoso para las cuestiones informáticas y pudo ser también un truco para que no lo localizara. Vaya usted a saber.
Le planté de la noche a la mañana, aunque seguramente fui tejiendo mi desamor a medida que iba conociendo sus detalles oscuros. Había sido guerrillero de Cristo Rey y espía de Franco. Ambas cosas me las contó él mismo y se avergonzaba de este su original pasado. Seguí haciendo gala de mi tolerancia; al fin y al cabo no afectaba a “lo nuestro”. Como espía, infiltrado en la Facultad vigilando estudiantes revoltosos, logró el título de Licenciado en Derecho. Lo de “ser abogado” nunca me lo creí del todo.
De su experiencia como espía contaba anécdotas tan originales como él. Un día me quedé fuera de casa y sin llaves (me suele pasar cinco o seis veces al año). Entonces, ese día, Torcuato, con una habilidad digna de 007, abrió la cerradura con una tarjeta. Me dejó boquiabierta.
Otra vez, me llamó su hija, a la que llamaremos Isabel. Una chica estupenda, de unos veinte años, y ella bien sabía su valor. Me llamó Isabel para preguntarme si sabía dónde andaba su padre pues les habían embargado la casita que tenían en un pueblo cercano a la capital y había sido precintada la cerradura por la Policía. En ese momento algo hizo ¡clinck! dentro de mí. En esa casita había dejado yo depositado un lavavajillas carísimo. Cuando le pregunté a Torcuato, me respondió:
- Ningún problema. Cuando quieras, vamos allí, hablamos con el juez y sacamos tu lavavajillas.
Por descontado, no fuimos, no hablamos con el juez, perdí el lavaplatos. No deja aún de sorprenderme su candidez. Tal vez la cándida soy yo. En cualquier caso, lo fui. Pero lo pasado, pasado.
A menudo me pregunto qué habrá sido de él. Porque, según voy tirando del hilo, lo que finalmente me decidió a dejarle fue cuando me contó Isabel que su padre aún tenía varios juicios pendientes (por deudas ¿?!!), y también añadió: “mi padre, como padre el mejor, pero como marido o novio… un horror, por eso le dejó mi madre”.
La gota que hizo que me decidiera a dar el paso final fue una mentira suya. Le pillé en una tontería. Tal vez fue una mentirijilla sin más, pero yo ya no me fíaba. Y sobre todo, quizá lo más importante, aunque para mí nunca lo ha sido mucho (el sexo, importante) es que no “me ponía”, si es que “me puso” alguna vez. Recogí lo poco que tenía en su casa (un par de zapatillas, unos sobre-platos, poca cosa) y me largué sin ninguna explicación. Tampoco me la pidió. Isabel me abrió la puerta y asistió condescendiente abrazada a su perrita Luna. Como si fuera mi cómplice. Como pensando: “te comprendo, yo me quedo porque soy su hija y no tengo dónde ir”. Acto seguido, cambié todos mis pins, mis contraseñas de correo, mis accesos electrónicos, anulé todas mis tarjetas, todo… Y todo en veinticuatro o cuarenta y ocho horas.
Jamás me pidió dinero, jamás me hizo una picia. Estoy segura de que me quiso. Qué habrá sido de él, me pregunto a veces.
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En este mundo que hemos hecho uno se puede pasar todo el día de gestiones, llamando por teléfono, poniendo faxes, haciendo cuentas, enviando e-mails. La gotera, el juanete de la suegra o nuestra propia incapacidad hace que cada vez sea todo más complicado.
Aún estando "de baja" no me cunde el tiempo, parece increible pero es cierto: cada vez crece más la montaña de cosas por hacer. Y así todos y cada uno.
lunes, 18 de octubre de 2010
Y las calles se cubrieron de margaritas...
FOTO: Mi TAC del 8 de julio de 2010, día en que me ingresaron vía urgencias en el Ramón y Cajal. Diagnóstico: tumor "gigante" compatible con meningioma.
Cuando Aureliano Buendía I murió, las calles de Macondo quedaron cubiertas con un tapiz de florecitas amarillas. Hoy mi ánima se alfombró de margaritas silvestres, como esas que brotan espontáneas en las praderas primaverales.
Hoy revisión con neurocirujano. Todo ha ido muy bien.
CONTINUARÁ...
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Todo ha ido muy bien.
Hoy, lunes 18 de octubre, tenía cita con el neuro-cirujano Dr. Esteban Rodríguez del Barrio que me operó, a quien debo la vida, además de a mis hermanos.
Transcribo literalmente el informe del Dr. del Barrio:
Intervenida el 21 de julio de 2010 de un meningioma gigante frontal bilateral implantado en la hoz. Evolución favorable con notable mejoría sobre todo a nivel cognitivo. Una RM cerebral de control nos muestra restos de la lesión existiendo no obstante algún resto hemático en la cavidad que irá desapareciendo en los próximos meses. Añado al tratamiento habitual XXXX 75 mg, 1 comprimido con el desayuno.
XXXX = antidepresivo.
No sé si en esto último le haré caso, a la vista de mi historial de los últimos quince años.
Traducción para personas no expertas deducida de mi conversación con él:
- Estoy muy bien, dentro del cuadro post.operatorio.
- Todos los síntomas que aludo de altibajos (tanto físicos como emocionales) son normales.
- Considera normal un periodo de muchos meses para el total re-establecimiento.
- De momento, debo seguir siendo prudente, aunque cree positivo un cambio de ambiente (salir de esta residencia).
- Debo seguir con apoyo farmacológico (anti-convulsivos y analgésicos comunes), y añade un antidepresivo.
- Próxima revisión en unos seis meses (ya concertada para el lunes 28 de marzo).
- La RM cerebral que me hicieron el 23 de septiembre presentaba algún vestigio de sangre de procedencia quirúrgica, normal todo al parecer. Vimos la foto en un aparato de la consulta, “como en las películas” dije yo, y me contestó “los ojos” a mi pregunta de qué eran esas dos cosas blancas.
Me aporta los siguientes documentos:
1.- CD con las pruebas que me hicieron en San Camilo el 8 de julio, día en que me ingresaron vía urgencias en el Ramón y Cajal.
Yo solo veo una calavera (la de la foto), manchas difusas y un manual de 38 páginas en Inglés.
2.- Copia del informe de la RM del 23 de septiembre, ya post.operatoria.
No entiendo nada pero no tiene mala pinta.
3.- Informe suyo manuscrito de hoy.
Ya lo transcribo.
Estoy contenta, viva, muevo todo, buenas perspectivas…
Me acordé de esa imagen que se me quedó grabada cuando leí “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, que me puso los pelos del brazo de punta. Espero que la memoria no me traicione: el mayor de la saga protagonista de la novela, Aureliano Buendía, muere, y la ciudad amanece cubierta de una capa de flores amarillas. Imaginé algo así pero con margaritas. ¿Por qué margaritas? Pues porque me gustan, porque mi hermana y una buena amiga se llaman así y… ¿por qué hay que buscarle a todo explicación?
sábado, 16 de octubre de 2010
Más batallitas: LA RADIO DE JULIA

FOTO: Por Adu. Basilea (Suiza, 2007).
Voy marchando con mi primera edición, la "version abreviada para los amigos" ya en impresión y la otra haciéndose. A veces me siento privilegiada por poder hacer lo que durante tanto tiempo soñé.
Hablando de sueños y tirando de un circuito neuronal de la memoria (esto es mucho más útil que las baterías de tests a que me someten; ya los hago mejor que el neuro, je je...)
Era por el año ¿1995?
Mi vida personal ya hacía aguas por todas partes. Para sobrevivir, escuchaba a diario "La Radio de Julia", un programa que llevaba la conocida locutora Julia Otero en Antena Tres, creo. A última hora siempre había una tertulia que a mí me encantaba, allí estaban Manuel Rivas, Almudena Grandes, otros cuyos nombres ahora no me salen, pero todos cultos y buenos oradores, algunos lanzados a la fama desde allí. Los viernes la tertulia se llamaba "Gabinete sentimental" e invitaban a los oyentes a participar dejando grabado en un contestador sus dudas, sugerencias etc... Algo así como "La Sra. Francis" pero en post-moderno.
Un día se me ocurrió llamar y grabar inocentemente esta cuestión:
- ¿... Se puede vivir solo, sin amor, sin pareja, y ser feliz?
(Es obvio lo que yo en mi vida ya me estaba planteando).
Cual fue mi sorpresa cuando esa misma semana se emitió la tertulia del viernes dedicada a este tema. Comenzó con mi propia voz grabada que me costó reconocer. En algún rincón de alguna caja debo tener guardado el cassete del programa de ese día. El debate estuvo muy animado y me quedó el siguiente mensaje ("idea fuerza"):
SE PUEDE VIVIR SIN PAREJA, PERO NO SIN ILUSIONES.
jueves, 14 de octubre de 2010
NARANJAS: begonia y más recuerdos.

Debe ser algo raro este color para una begonia, pero así es la que hay en mi habitación. La foto no es de ésta, ya que no tengo máquina aquí ni fotógrafo, pero se parece mucho.
MÁS RECUERDOS...
Sería por 1999, no sé con precisión. Estábamos en Valladolid mis amigas Esther (de Palencia) y Michèle (la pintora francesa) y yo comiendo juntas. Yo tenía muy próxima una entrevista de trabajo para la Unidad Técnica de la Universidad. Como es lógico, estaba muy interesada en el puesto.
Yo había estado el fin de semana anterior con mi hermano, quien además de su experiencia como entrevistador y entrevistado, me sorprendió con visiones sobre mí que yo ignoraba, como “ordenada” y alguna cosa más. Me dio un papelito, lo veo con nitidez, de su puño y letra, que él iba elaborando según íbamos conversando, con las cosas que yo debía y no debía hacer. Fue cerca del Bernabéu, en una cafetería. Una de ellas fue lo que creo me condenó a no ser finalmente elegida, pero da lo mismo porque de esa experiencia aprendí muchísimo, entre otras cosas que no debes demostrar jamás que sabes más que tu entrevistador. Y sobre todo, me dejó muy grato sabor pensar que mi hermano (que había sido mi ídolo en mi niñez) me tenía en tan alta estima.
Volviendo al naranja, yo había hecho un cursillo recientemente sobre “técnicas de comunicación” o algo así, y en los apuntes que nos dieron, había un capítulo dedicado a la importancia de la propia imagen, la ropa y los colores. Consultando los apuntes, elegí un discreto y estiloso traje de chaqueta y pantalón blanco con fínísimas rayitas grises. Me faltaba una camisa, jersey o camiseta de color naranja. Y mis amigas se tomaron la tarde en Valladolid para elegirme algo naranja. No recuerdo bien si yo tenía un curso o congreso en Valladolid, el caso es que no tenía tiempo de hacerlo. Volvieron E y M con dos prendas de color naranja para que eligiera. Tampoco recuerdo si finalmente me quedé con las dos, pero lo que sí veo con toda caridad es la prenda que elegí para llevar puesta el día de la entrevista: una camiseta naranja de regular calidad y que me estaba algo estrecha pero me duró mucho tiempo. Me recordaba ese día, la tenía mucho cariño.
El puesto finalmente fue para un colega muy querido, con quien me llevaba muy bien y creo que sigue allí. Nunca tuve un rival más simpático y seguramente lo hace mucho mejor de lo que yo lo hubiera hecho.
El naranja simboliza el poder espiritual (lamas tibetanos), la sabiduría, color cálido pero no estridente (¿?)… la simbiosis ente el rojo (fuego-pasión) y amarillo (luz-amistad). Si el tono no es chillón refleja serenidad.
La begonia que me regalaron Paloma y Ramón sigue echando capullos, está preciosa… Nunca había tenido una begonia, no sabía qué cuidados requería. Me parece que nos vamos a llevar muy bien. La begonia que me regalaron Paloma y Ramón es naranja... ¿lo había dicho ya?
martes, 12 de octubre de 2010
Recuerdos y contador.
Contador gratis
+ 300
Es hermoso ir abriendo el cajón de los recuerdos. Hace poco vino mi amiga Pilar y me trajo un CD que yo le había dado con las fotos de Basilea (Suiza), tomadas en julio del 2007, alojadas en aquella casa de una suiza que intercambiamos por mi apartamento en Portugal. Fue un viaje estupendo: Milán, después el tren atravesando los Alpes, los lagos, las praderas y el encanto suizo, en fin… Había fases que tenía completamente olvidadas. La capilla de Ronchamp y el trayecto hasta allí, por ejemplo. El Campus-Museo Vitra. Otro museo cuyo nombre aún no recuerdo, pero lo haré (el de la foto)… Fundación ¿Beleyer?, con la vista de la Selva Negra (Baviera) al fondo…
domingo, 10 de octubre de 2010
Lunes otoñal aunque ponga 10.10.10.
FOTO: Mi sobrina Nieves y su amiga Milena cantando en su concierto de Black Music.Recopilando mis escritos, me he topado con este párrafo que había olvidado completamente y encuentro que encierra mucha sabiduría:
Ya no amo a nadie por necesidad. Me apetece su cercanía por amor, pero puedo pasarme sin. ¡Qué liberación: querer a la gente porque lo sientes dentro, porque sí y ya está! Esa diferencia, ese matiz que he tardado tanto en entender y más en sentir, está íntimamente relacionado con la independencia. Solo si somos autónomos y libres, estamos preparados para amar de esa forma serena y honesta que admite que estés o no, que acepta pero no exige, y que es más satisfactoria, mucho más, sin duda alguna: compartir unos minutos, unas horas, unos días… lo que se pueda… Saber que lo compartido es fantástico, pero que la presencia o ausencia de las personas a las que quieres no te desviará de la ruta que te has trazado… que tal vez mañana yo ya no esté, pero cada uno estará para mí en los campos sembrados de espigas cada vez que las vea ondear por el viento (*)…
(*) Cita de memoria, por tanto no literal, de “El Principito” de Saint Exupery.
Aunque la azalea RIP, mi begonia naranja sigue floreciendo. Intuyo un nuevo otoño de persianas y manzanas, de hojuelas transparentes, miradas de cristal, pétalos de azahar y de esperanza…
(Aunque ponga domingo 10, hoy en realidad es lunes 11. Cosas de las máquinas.)
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